Cubiertos por los rayos que el sol ha dispuesto para la ocasión, sentados casi al borde de una banca de la que aún penden sus piernas que van de uno a otro extremo, envueltas en el miedo y la emoción que encierra un encuentro. Ambos esperan del tiempo, la señal del primer beso. Él arriesga con su brazo izquierdo atrapar aquel hombro, hasta entonces ajeno, con su mano diestra, resbala una inocente caricia en las mejillas de ella que asustada, se resiste a dejar de chupar el chocolate de su helado, él apenado, se hace a un lado y aguarda, como lo ha hecho desde hace una hora que llegaron. En su cabeza, un pensamiento ronda: “es lo malo de tener, apenas ocho años”. Ella entonces le pregunta si “quiere una probada”, él resignado asiente, ella acerca sus labios y susurra “prueba” y cierra los ojos, él estrena su boca.


Salvador Eduardo García Yllescas